La maternidad es, sin duda, una de las experiencias más hermosas que puede vivir una persona. Quienes hemos tenido la oportunidad de ser madres o padres sabemos que no hay amor comparable. Y sin embargo, nadie nos advierte con suficiente honestidad de lo difícil que puede ser, especialmente al principio.
Ser madre significa noches en vela desde el primer día. Desde que ese pequeño ser llega al mundo ese mismo que amaste con toda tu alma mientras crecía dentro de ti tu vida cambia por completo. Es el amor más profundo que jamás sentirás por alguien. Y aun así, puede ser agotador y desconcertante.
En mi caso, no había planificado ser madre. Cuando llegó mi primer hijo, la crianza me tomó completamente por sorpresa. No tenía a nadie que me guiara: en mi casa el mensaje siempre fue claro: «quien tiene sus hijos, que los críe». Así que me tocó sola.
Lo que nadie me dijo, y que fue mi primer gran obstáculo, fue el dolor físico y emocional de querer amamantar sin saber cómo hacerlo bien. Tenía leche, tenía a mi bebé, tenía la voluntad. Pero nadie me había enseñado la técnica. Y ese dolor el de los pechos cargados, el agarre incorrecto, la sensación de no poder alimentar al ser que más amaba fue devastador.
Sientes que no vales ni para alimentar a tu propio hijo. Y todo ese peso lo cargas sola, sin que nadie te diga: «tranquila, esto es normal, se hace así».
Por suerte, el papá de mi hijo estuvo ahí emocionalmente. Y eso marcó una diferencia enorme. En esa etapa eres muy vulnerable: estás feliz pero también triste, con ansiedad, con cambios de humor constantes, sin dormir. El apoyo de la pareja o de quien sea tu red de apoyo vale más de lo que cualquiera imagina.
Si tomaste la decisión de lactar y te sientes sola, perdida o al límite: tranquila. La mayoría de las madres hemos pasado por algo parecido. No estás fallando. Estás aprendiendo.
He tenido dos hijos, y a ambos los he amamantado. Lo que aprendí entre uno y otro me cambió la experiencia por completo. Aquí te comparto lo más importante:
Pide ayuda en las primeras horas. El personal médico puede enseñarte a colocar bien el pecho según tu anatomía y el agarre de tu bebé. No existe una sola forma correcta: cada cuerpo es distinto. No tengas vergüenza de pedir esa orientación es parte de la atención que mereces.
Descansa cuando puedas. Con mi segundo hijo aprendí a poner alarmas cada dos horas para aprovechar las ventanas de sueño. No es un lujo, es una necesidad: el estrés y el agotamiento pueden reducir la producción de leche. (Lo digo desde mi propia experiencia, no como médico — si tienes dudas clínicas, consulta a tu pediatra o puericultora.)
Come bien e hidrátate. Sé que no siempre es fácil, especialmente si hay dificultades económicas. Pero si esa es tu situación, no tengas vergüenza de mencionarlo en tus controles. Los profesionales de salud pueden orientarte según tus posibilidades. No es un pecado es una realidad que muchas vivimos.
Este artículo refleja mi experiencia personal como madre. No soy médico ni profesional de la salud. Si tienes dudas sobre la lactancia, consulta a tu pediatra, partera o enfermera especializada en lactancia